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Iguana Arcoíris y el Color de sus Sentimientos

Iguana Arcoíris y el Color de sus Sentimientos

por Rodolfo Langostino


🌟 Capítulo 1 — El Color de la Mañana y las Nubes Grises

Hola, yo soy Irida, y ¡miren qué mágico soy! Mi piel no es de un solo color, ¡cambia según cómo me sienta! Cuando estoy feliz, soy un amarillo brillante como el sol de la mañana. Pero esta mañana, mi corazón estaba un poco gris. Mi mamá, Iguana Madre, y mi papá, Iguana Padre, estaban hablando con voces un poco altas sobre algo que no entendía. De repente, sentí un cosquilleo en mi cola y ¡zas!, mi color cambió a un azul profundo y un poco apagado. No sé por qué, pero cuando mis papás discutían, yo sentía ganas de hacerme invisible. Me escondí bajo la hoja más grande del banano, sintiéndome pequeña y confundida. Observar a mis padres pelear era como ver un cielo nublado que no quería despejar. Quería que el sol volviera a brillar sobre nuestra familia, pero no sabía cómo hacer que esas nubes grises desaparecieran.


🌊 Capítulo 2 — El Rojo del Enojo y el Azul del Tristeza

La discusión continuó, y yo me encogía en mi hoja. Sentí que mis emociones hacían paliza de mi color. Primero, un latido de fastidio me hizo vibrar de un rojo fuerte, como una advertencia. ¡Estaba enojada! ¡Enojada de que sus voces fueran tan fuertes! Luego, el rojo se desvaneció lentamente, dejando tras de sí un tono azul más profundo, el color de la tristeza. Me dolía verlos tan separados, aunque estuvieran cerca. Mis padres se miraban, sus colas casi tocándose, pero parecían estar en mundos diferentes. Pensé: ‘Si me quedo quieta, quizás desaparezca el problema’. Intenté respirar profundamente, recordando lo que me enseñaron: ‘Irida, tus sentimientos son como el viento, vienen y van’. Pero ese viento de mal humor era muy fuerte y no dejaba que mi color se estabilizara. Solo quería volver a ser yo, la pequeña iguana de muchos colores, sin esta nube de malestar sobre mí.


🌙 Capítulo 3 — La Calma del Verde Musgo y el Silencio Incómodo

Llevé tanto tiempo bajo la hoja que mis párpados se hicieron pesados. El rojo y el azul lucharon entre sí, creando un gris sucio que cubría casi todo mi cuerpo. Mis padres finalmente hicieron una pausa. Fue un silencio tan grande que se podía cortar con una hoja afilada. Estuvieron callados, y yo, sin saber qué hacer, me quedé inmóvil. Mi color se asentó en un verde musgo, un tono apagado, como el de las hojas en la sombra. Este verde no era de paz, sino de espera. Esperaba que el silencio resolviera todo. Pensé que quizás era mejor no hacer ruido y simplemente dejar que el tiempo hiciera su magia. Miré mis pequeñas patas y sentí ganas de gatear un poco, solo para moverme de ese rincón escondido. ¿Qué pasaría si salía? ¿Qué pasaría si intentaba hablar, aunque mi garganta temblara un poquito?


🔥 Capítulo 4 — La Curiosidad que Despierta la Voz

Fue mi papá quien rompió el silencio. No fue un grito, ni un enfado, sino un suspiro largo y cansado. ‘Amor… ¿crees que por qué necesitamos gritar tanto por cosas tan pequeñas?’ Su voz era suave, diferente al ruido de antes. Mi mamá se giró y sonrió, y esa sonrisa hizo algo increíble. Un pequeño destello de color, como un toque de naranja cálido, apareció en mi costado. ¡El enojo se estaba despidiendo! Vi que la discusión no era sobre nada tan grave; era un malentendido tonto sobre quién usaría la mejor hoja de helecho para la siesta. ¡Era una tontería! Me di cuenta de que había estado tan concentrada en el sentimiento de la pelea que no había escuchado lo que realmente pasaba. Entonces, reuní todas mis fuerzas, respiré hondo, y dije: ‘¿Fue solo por una hoja?’ Mi voz salió un poquito ronca, pero era mi voz.


🌈 Capítulo 5 — El Arcoíris de la Alegría y el Abrazo Familiar

Al escucharme, mis padres se miraron, y esta vez, no hubo tensión, solo comprensión. Mi mamá se acercó lentamente y me dio un lametón suave en la nariz. ‘Ay, Irida, tienes razón. Tienes razón. Tuvimos prisa y nos exaltamos por algo sin importancia’. Mi papá asintió y sonrió hacia mí. De repente, sentí una oleada de calor que comenzó en mi pecho. ¡Mis colores explotaron! Primero, un amarillo vibrante de alivio, seguido de un verde esmeralda de paz. Al final, mi cola brilló con un hermoso arcoíris, más brillante que nunca. Ya no estaba el gris ni el rojo. Estaba el color de la alegría verdadera. Me acerqué a mis papás y los abracé con mi cuerpo de arcoíris. Aprendí que las discusiones son solo nubes pasajeras, y que la mejor forma de hacer que el color vuelva a ser brillante es simplemente abrir la boca y decir: ‘¡Hablemos!’ Así, el día más gris se llenó de la más hermosa magia de estar juntos.